Eve-Maria Zimmermann por Azucena Arteaga Medina

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Han pasado años, y la imagen de los óleos de Eve-Maria Zimmermann no se han borrado de mi mente, a mi lado, en el escritorio me acompañan varios catálogos, que seleccioné para ayudarme a escribir, sin embargo, no me es necesario abrirlos, el impacto de su obra, fue tan grande, que recuerdo las veladuras de sus lienzos y tablas como si pudiera tocarlas, como quien roza con curiosidad y miedo las tenues cortinas que ocultan un gran secreto.

Un secreto de tonos ocres, con olor a dunas excavadas, que siguen enterrando un mensaje, y el mensaje relata la extraña belleza de lo sumergido por el tiempo y lo frívolo, donde la ruina y la vida son un solo concepto indivisible y donde el hombre, la muerte, lo inerte o el paisaje se adivinan inseparables.

Cada lienzo, nos invita a adentrarnos en un secreto indescifrable, como la existencia misma, o quizás nos conduce a entender que con sus hermosos ojos y su silencio, Eve supo aprehender a vista de pájaro, nuestro mundo, atemporal y extraño, extirpando todo lo ausente de importancia trascendente.

Sólo horizonte, estratos, raíces, rostros de gesto inquietantes, animales, insectos, la tierra abierta como un libro, civilizaciones ocultas y seres mudos que las habitan, la antigua danza entre la vida y la muerte… cada pincelada habla desde la ausencia del correr , de las modas o la tecnología, desde lo eterno de la caducidad y a la inversa.

Me confieso devota de toda su obra, sin embargo, recuerdo con especial afecto, dos piezas:

La primera de ellas, es su primera obra conocida, un pequeño lienzo e ingenuo, realizado en su más tierna juventud, donde ella se retrató como una Alicia que descubre un universo nuevo, entre lagartos gigantes y fósiles, bajo un cielo nocturno transitado por un zeppelín… esta obra parece el presagio de un largo viaje tanto interno como externo, en el cual Eve, profundizaría a través de la pintura, en el conocimiento del mundo que nos reveló.

En el segundo lienzo que cité, (de mismas proporciones) y esta vez, creado desde la madurez técnica e intelectual de una gran pintora, aparece un escalofriante ser híbrido con alas, entre fósil y vivo que sobrevuela un paisaje arenoso habitado por una civilización en ruinas, una escena apoteósica, trasmitida con una serenidad exenta de drama, la recuerdo o la percibo como el extremo de un hilo, el del conocimiento de ese mundo, que en la primera pieza comenzaba a descubrir.

Conocer a Eve – Maria Zimmermann, su universo plástico y su persona fue sin duda, una experiencia mística.

Tuve el privilegio, de disfrutar del misterio de sus óleos, en la Sala Conca, y de ser invitada, repetidas veces, en su casa y taller de San Miguel de Abona.

Y tengo la certeza de que otros amigos, vecinos y familiares, entenderán la agradable sensación que te embargaba al atravesar el umbral de aquella antigua casa canaria, recibidos por Eve-Maria y Gotthart Kuppel.

La elegancia intrínseca de Eve Maria, el lenguaje de su mirada enérgica y serena, su voz dulce y parsimoniosa, su cuidadosa hospitalidad, reflejada en cada mínimo detalle, la profundidad mistérica de sus óleos, el aurea perfumada de azahar o dama de noche, el delicioso aroma que surgía del fuego de su sabia cocina;… su presencia contagiaba paz a cada ser y objeto de aquel santuario entre canario y alemán, decorado con su exquisito gusto, donde cada obra de arte, y cada objeto, exhalaban espiritualidad.

Debo decir que a pesar, de lo interesantísimo que resultaba su recorrido vital, Eve nunca hablaba de su pasado, ni de las claves de su discurso pictórico. Ella nos dejó con su elegante silencio, con la riqueza de su recuerdo, y nos legó la belleza y la sabiduría que emergen de sus lienzos, como surgían sus imágenes del lienzo sin boceto alguno.

Así con esa naturalidad metafísica, brotará siempre en la mirada del espectador atento la admiración hacia los óleos de Eve-Maria Zimmermann.

Azucena Arteaga Medina

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